Ignasi Bosch

Aguas movedizas

Condicionados al presente... al ahora...y hoy no es un buen día para encontrar... quizá ni siquiera para buscar.

Hay montones de cosas que esperan... pero hoy no serán buscadas con lo cual tampoco encontradas.

Mucho se quedó por el camino... el momento de reorganizar llegó pero por dónde empezar, por dónde empezar si todo está devastado, perdido, arrojado…

Esperar dar con algo donde aferrarse no es un fin sensato… nada prometedor… es como querer tropezar para poder aludir a la mala suerte.

Una búsqueda que no es búsqueda, tan desesperada como ciega.

¿Cómo dar con la serenidad para poder parar, observar, sentir, escuchar…?

Los duendecillos empujan, cada uno hacia su lado, a cual más insistente. El que no quiere reconocer que se ha perdido, aunque orgulloso consulta el mapa, disimulando asiente con la cabeza y exclama: “Aha, sí. Pararemos para descansar, en breve emprenderemos de nuevo el viaje, está todo controlado”. Este viste una elegante capa liviana como el viento.

El otro no ha dejado de repetir la falta de rumbo, pero no ahora, desde siempre. Admite deportivamente la derrota incluso antes de empezar el partido. Calza unos zapatos de melancólico hierro.

Ambos capitanean la embarcación alternando el mando según sople el viento. La tripulación, obediente, sigue sus consignas y acata sus órdenes.

Y yo en medio de ambos sentado en una piedra mientras ellos discuten, son instantes de tranquilidad, de paz un tanto contenida consciente de su temporalidad finita momentos antes de partir de nuevo. Como el lapso intercalado mientras se barajan las cartas entre partida y partida.

Con el tiempo he aprendido a no creerme ni a uno ni al otro. Son entrañables, no puedo decir lo contrario, tan seguros ellos, envueltos en aires de sabiduría ancestral. Sobrellevando de manera estoica todo el peso de la responsabilidad en escoger destino.

Pero es precisamente en momentos como este, en el que se disputan el timón del navío y desatan una encarnizada batalla de argumentos y reproches, cuando no atienden nada más allá de sus ideas e intenciones, cuando dejan de susurrarme imágenes y conjeturas al oído ensimismados en su civilizada acometida; es entonces cuando aparece el silencioso. Ese sí que asusta. Con su gesto, con aparente madurez, me hace entender: “¿Lo ves? Pobres criaturillas”. Me agarra del brazo y me conduce hacia algún rincón oscuro, ahí es donde él se desenvuelve mejor. Su juego es hipnotizante, sórdido, peligroso, trepidante. A él no le interesa lo más mínimo la dimensión temporal, su cuarta dimensión la ocupa una suerte de escala hedonista. Su tablero de juego es la provisionalidad, o eso hace creer ya que si por él fuera confinaría el universo en ese tablero de esquinas afiladas y gama bicolor. Aprovechando el vacío de poder se hace con los mandos y nos dirige a la isla más cercana para poder desenvolver su cometido.


Más Palabras elementales: